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sábado, 4 de marzo de 2017

Repitiendo la misma historia


Últimamente voy dando bandazos. Los que me conocéis lo sabéis, no me centro. Llevo tres años así.

Estoy como agotada y lo estoy en el peor momento. He eliminado a toda la gente tóxica de mi vida que he podido, pero creo que me han desgastado demasiado y he perdido tanto el rumbo que ya no se ni por donde voy.

Mi vida me aburre y no sé por dónde empezar a cambiarla o qué puto lastre tengo que soltar ahora, a veces pienso que el lastre soy yo. Intento cambiar algunas cosas, pero me sale solo lo de siempre.

Me sale desde dentro, no puedo evitarlo. Hay cosas que no soy capaz de asumir en mi vida. Intento que mi gente no esté triste, pero a cambio de eso me pierdo en un mar de dudas, aburrimiento y obligaciones de nuevo y no se salir de ahí si no es mandando todo a tomar por culo y empezando de cero, pero me pregunto mil veces ¿Otra vez? Y mi respuesta es que estoy demasiado cansada para rehacerme.



Es como si llegara tarde a mi misma después de haber completado mil puzles que no eran míos y a mi no me aportaban nada.

Ahora mi puzle está desperdigado en mil habitaciones distintas, no encuentro las piezas, y siento que no tengo a nadie que me ayude a buscarlas tampoco.

Hoy me han hecho esa pregunta que tanto temo a veces ¿Estás enamorada? La respuesta es siempre la misma… “si, creo que si” después de un momento demasiado largo de silencio.

¿Estoy enamorada?

¿Estoy enamorada?

¿Recordáis un post escrito hace tiempo sobre mi compañero de viaje? ¿Y si la respuesta simplemente es que no existe? ¿Y si no estoy enamorada porque no se ni quién soy? ¿Y si no lo estoy porque todavía no se quererme?

¿Y si lo estoy? Jamás lo sabré, esa es la puta verdad. Si no se ni quien soy cómo voy a saber que siente esa desconocida absoluta.



El caso es que últimamente miro mi vida desde fuera y me sobro hasta yo. Como para aceptar la existencia de otro.

A veces solo quiero gritar. Siento que he desechado tanto malo en mi vida que ahora que soy relativamente normal no soporto los problemas de los demás.

Siempre he pensado y defendido que “para cada uno sus problemas son los más importantes del mundo y no se podían hacer comparaciones”. ¿Y si os dijera que creo que he estado equivocada en eso toda mi vida también?... como en tantas cosas…



Estoy viviendo mi séptima vida. La séptima. Estoy agotada. Y solo veo a mi alrededor gente que ni ha empezado la primera y a veces tengo ganas de gritarles “¡¡¡¡¡me da igual!!!!!”.

¿Por dónde empiezo? ¿Por llorar como dice mi reflexólogo? ¿Por encontrar mi propio camino como decía mi neurólogo? ¿Por buscar la paz interior como decía mi reumatólogo?

¿Y dónde encuentro todo eso? Como empezar diciéndole a algunas personas “si estás triste llora, pero no me lo cuentes a mi porque me he apagado. Ya no existo. No quiero seguir existiendo tal y como soy”.

Ni siquiera se hacerlo, lo que me sale es “si estas triste cuéntamelo, yo te ayudo”. Pero cada vez menos, cada vez aparto a más gente y aún así cada vez me encuentro menos a mi misma. Ya no puedo ni decir que estoy perdida en una multitud, ya no hay multitud.

No sé dónde está mi paz interior. No sé dónde está mi camino. Pero sé que quiero llorar y no encuentro ni el momento de hacerlo. Tengo millones de lágrimas contenidas que quieren salir por cada poro de mi piel, vivo sumida en la tristeza, en las cicatrices no curadas, en la mierda que me cubrió hasta el cuello mil veces y de la que saqué la cabeza para respirar cada vez que conseguí un poco de fuerza interior de alguna parte recóndita.

¿Y si os digo que tengo miedo de mis lágrimas? ¿Qué me aterrorizan más que nada en el mundo? ¿Y si os digo que cada vez que sale alguna la reprimo con todas mis fuerzas porque me enfurece no poder controlarlas ya?

En los últimos meses he conocido a muchos especialistas de mil cosas. Psicólogos, peritos, asistentes sociales, abogados… he repetido mi historia una y mil veces. La niña perdida con una madre esquizofrénica y alcohólica que tuvo que vivir de la calle para subsistir hasta que un puto juez decidió separarla de su hermana.

La adolescente perdida que intentaba recuperar a su hermana y vencer el odio que sentía por todo aquél que la abandonó y no quería ni escucharla.

La joven que recuperó a su hermana y se fue a vivir con un hombre que resultó no ser la persona maravillosa que sería.

La madre que nunca quiso ser madre y tuvo dos hijos que sacar adelante y a los que quiso por encima de sus deseos.

La mujer perdida que rompió con todo una y otra vez y que consiguió escapar de sus verdugos. “La mujer que vencía las mareas”. Eso último era de mi abuelo y poca gente sabe qué significa.

Me pasé la vida luchando por hacer sobrevivir a otros y esa lucha me hizo sobrevivir a mí, pero nunca supe cuál era mi motivo personal de estar viva, a veces ni siquiera he querido estarlo. Sin embargo, nunca me dejé caer por ese precipicio, siempre tenía un motivo, el que fuera, para seguir en esta mierda de mundo.

A veces se me acabaron. No voy a engañar a nadie a estas alturas. Nadie sobrevive a todo aquello sin heridas, sin cicatrices profundas, sin miedo, sin perder el norte en mil ocasiones.

A veces se me acabaron… y me inventé los motivos.

Estoy cansada de la cara de la gente al escuchar mi historia. La tengo escrita en un libro incluso. Uno que al final no tendré valor de publicar.

“¿Qué hacías en invierno?” - me ha preguntado la asistenta social.

“Llorar de frio” - he contestado hoy. ¿Y qué queréis que responda a estas alturas?

Todavía me quedan los abogados de la semana que viene y la psicóloga del centro de la mujer. Volver de nuevo a todo aquello me está matando y cada vez que pienso que me quedan años de contar esto una y otra vez...

A veces se me pasa por la cabeza decirles a todos “mi vida ha sido feliz, única, llena de experiencias positivas… y un día di con un maltratador”. Pero lo cierto es que no fue así. Lo cierto es aquél hombre sólo fue una pequeña gotita en un mar inmenso.

“¿Por qué aguantaste?” - Por qué podía.

Porque conocí el infierno, porque sabía qué era el miedo real, el sufrimiento, la tristeza absoluta, la frustración continua, la duda, el dolor emocional y físico… porque no conocía otra cosa y aquello, ese hombre, aún con su machismo, con su egoísmo, con su gran sentimiento de inferioridad, con sus múltiples inseguridades, con su adicción, con sus insultos, con sus agresiones, con todas sus barbaridades, él, mi quinta vida… era lo más parecido a un mar en calma que había conocido. ¡Joder! ¡Yo navegué putas tempestades en mis vidas anteriores!

Sólo divago. Necesito ver montañas. Montañas altas que me ayuden.

Supongo que mi pasión por las Montañas viene de aquella infancia tan temprana. De mi afición por subir la Atalaya. Creía que allí, en lo más alto, sola, era la reina de mi mundo. Que allí nadie podría tocarme, nadie me heriría nunca.

Viene de cuando lloraba escondida en los árboles, al pie de una montaña, en aquello que siempre me parecieron sus enormes brazos arrullándome y diciendo “sigue, estoy aquí contigo, no estás sola”.

Incluso en la calle años después buscaba los árboles para llorar y recordaba mi montaña.